27 de diciembre de 2014

10 sueños viajeros cumplidos

Empecé a elaborar mi lista de sitios que ver antes de morir cuando era pequeña. Seguramente entonces no me dije "lista de sitios que ver antes de morir", sino "sitios que tengo que visitar en mi vida" -los niños no son tan pesimistas como para ir pensando en la muerte... Pero desde muy pequeña ya tenía varios en mente y he tenido mucha suerte de poder cumplir algunos de la lista original y otros que se han ido sumando con los años.

¿Queréis saber cuáles son?

Visitar el lago Ness
Con todas esas leyendas del monstruo submarino, ¿qué niño no se sentiría fascinado por un lugar así? Fue una experiencia genial que compartí con los amigos que hice en Edimburgo. No podía creer mi suerte cuando estuve allí. Imagínate, ¡con 15 años y cumpliendo un sueño viajero! Puede que no viera al monstruo (tendría que haber llevado galletas Oreo), pero fue una experiencia inolvidable.


¿Hay algo más tentador cuando eres joven y has visto Crossroads? La peli es una basurilla, pero la idea que se implantó en mi mente y la de mis amigas no nos abandonó hasta que vimos nuestro sueño hecho realidad. ¡Ahora queda repetirlo a lo grande! (¿Ruta 66?)

Pasear por Venecia y montar en góndola
¿Una ciudad donde los taxis son barcos y la gente se transporta en góndola? ¿Una ciudad donde los edificios flotan sobre el agua y la marea sube y cubre la plaza de la catedral? Con estas descripciones, ¿quién no tiene ganas de ir a experimentarlo? Me pareció preciosa y, gracias a mi falta de sentido del olfato, ni me di cuenta de que olía mal, como todo el mundo clama. Eso sí, la ola de calor, la falta de agua y una tipa (que era nuestra guía) bastante insoportable casi hicieron que el sueño se convirtiera en pesadilla.


El primero de estos fue a la República Checa, con mis amigos de la universidad. Yo estaba acostumbrada a planearlo todo bastante y este fue casi de una semana para otra. ¡Y salió genial! Desde entonces he tenido varios de estos: Marsella, Croacia, el Monte Saint-Michel...

Superar mis miedos
Vale... aún me quedan muchos y me han salido otros nuevos, pero lo importante es que algunos los he "superado" (o al menos hago como que no me da miedo en vez de montar un espectáculo). Por ejemplo, ya no entro en pánico modo "vamos-a-morir-todos" cada vez que hay una pequeña turbulencia en el avión (aunque siguen sin gustarme ni un pelo); y ¡me he bañado en un mar con medusas! (bueno, era una sola medusa... y el agua estaba muy clara así que se la veía perfectamente, por lo que guardar las distancias era muy fácil... ¡pero lo que cuenta es que lo hice, y sin gritar!). Eso sí, aún me da mal rollo ver los peces del mar a mis pies, y conforme los años avanzan más aprensión tengo a los bichos... ¿No debería ser al revés?

Visitar Stonehenge
Leyendas, druidas, misterios místicos... Tuve la oportunidad de visitarlo hace varios años, y además lo hice acompañada por amig@s que hicieron que fuera un día memorable.


Viajar a un lugar exótico
¡Y lo he hecho por partida doble con Martinica y Cuba! Playas de arena blanca, aguas cristalinas, beber directamente en coco, el Caribe, historias de piratas, música caribeña, el descubrimiento de la guayaba y el guarapo... Aaaah, los buenos tiempos.


Pasear por lugares que inspiraron Harry Potter
Así de friki soy. En mi defensa diré que esto nunca fue mi objetivo pero la vida ha querido que se convirtiera en algo así gracias a las sorpresas que me han deparado algunos destinos. Así, por ejemplo, mi primer viaje fue a Edimburgo, donde no solo está la cafetería en la que la autora escribió buena parte del primer libro, sino también un montón de lugares relacionados con el mundo mágico que inventó. También pasé mi primer Erasmus en Exeter (donde estudió J.K. Rowling) donde, de camino a la universidad, pasaba cada día frente a la tétrica mansión que inspiró la casa de los gritos, o iba de compras por Gandy Street (calle en la que al parecer se basó para construir el Callejón Diagon). Además, y ya que estaba allí, cuando fui a Londres no perdí la oportunidad de visitar el Andén 9¾.

La Habana es un lugar mágico, pegajoso y maloliente que querrías recorrer durante días para conocer cada rincón. Por supuesto, sigue estando en mi lista de sitios que visitar.

Yo era más de pensar que puedes tener muy buenos amigos extranjeros pero que nunca será lo mismo que con los amigos con quienes te entiendes a la primera, por eso de hablar la misma lengua materna. Pues ahora ¡ya me puedo comer mis palabras! He hecho amigos de los buenos (eso sí, pocos) con los que llego a entenderme aunque no sepa cómo decirlo. Y es que, como leí una vez, la comunicación es una actitud.

*

Tener 10 sueños viajeros cumplidos es tener mucha suerte. Y lo bueno de viajar es que, si quieres, nunca se acaba. Cuando tachas un lugar de tu lista aparecen tres más, así que nunca te quedas sin objetivos. Algunos de los próximos que quiero cumplir son estos:

Recorrer la muralla China (al menos una parte,que el cuerpo ya no está para esos trotes)
Contemplar el amanecer en lo alto de Bagan con vistas sobre todos los templos
Ver la aurora boreal y el sol de medianoche
Viajar a Marruecos y comer cada día pasteles de pistacho
Pasar unos meses en África impregnándome de la cultura y recorriendo varios países
Emocionarme con las cataratas de Iguazú
Subir a los fiordos noruegos (y acercarme al precipicio tumbada para disminuir el vértigo, qué yuyu)
Visitar el Gran Cañón (y, de paso, hacer un viaje en coche por EE.UU.)
Aprender sobre las culturas inca, azteca y maya in situ
Escribir un libro (o varios jiji) basados en lo que he visto y vivido durante mis aventurillas


Claro que la verdadera lista de lugares "por visitar" es bastante más larga que esta, pero no pierdo la esperanza de poder realizarla y dejar "espacio" para otros nuevos. Si es que, una vez que haces pop en esto de los viajes... ¡ya no hay stop!

13 de noviembre de 2014

Alquiler de coche: la alternativa

Hay muchas maneras de viajar pero pocas te ofrecen tanta flexibilidad horaria y libertad de ruta como Alquilar un coche suele ser una buena idea cuando vas a un destino un poco perdido de la mano de dios, cuando los billetes de tren/avión son demasiado caros o cuando quieres ir a tu rollo y no depender de horarios y estrés de "voy a perder el autobús". El único problema es que, a veces, resulta un poco caro. Si además sois tan poco organizados como yo y muchos de vuestros viajes cortos los preparáis con dos días de antelación y/o en fechas señaladas (puentes y festivos nacionales), los precios de las agencias de alquiler se dispararán haciendo que os quedéis en casa sin viaje o que os gastéis un dineral.
el coche.

Por suerte, hay una alternativa que yo conocí hace poco y que ha resultado muy barata y mucho más cómoda: alquilar a particulares. Esto es: alguien tiene coche que no utiliza y decide alquilarlo para ganarse un dinerillo extra sin hacer esfuerzo.

¿Por qué es una buena idea alquilar a particular?

1. Precios más bajos
Algunos utilizarán este medio para hacerse de oro, pero yo creo que la mayoría de particulares parten del principio de que "con cualquier tarifa que ponga ganaré dinero" y por esto los precios suelen ser asequibles. Claro que hay de todo, pero puedes encontrar coches en muy buen estado por menos dinero que en una agencia.

2. Mayor flexibilidad horaria
No dependes de los horarios fijos de una agencia, sino que tú te organizas con el propietario para recoger y entregar el coche. Si te va mejor recuperarlo a las 22h y estáis de acuerdo, adelante. Si vas a entregarlo un poco más tarde de lo establecido, puedes llamar al propietario para avisarle y, con suerte, no te facturará un día adicional. (Claro, esto depende de cada propietario, pero en general prima el buen rollo y no suele importarles).

3. Kilometraje adicional más barato (o sin kilometraje adicional)
Me parece que en España no suele haber kilometraje limitado, ni siquiera por agencia, pero en Francia esto es harina de otro costal. Si alquiláis un coche aquí, tan solo vienen incluidos 100km al día, y cada km adicional tiene un precio variable (en torno a los 0,25€ por km). La mayoría de los particulares (franceses) también establecen un kilometraje limitado a 100km, pero sus tarifas por kilómetro suplementario son mucho más bajas (en torno a los 0,8€). De nuevo, en España no suelen poner kilometraje limitado.

4. Trato más familiar
El dueño del coche quiere que todo vaya bien por lo que te facilitará la tarea. Habrá excepciones, pero en general la gente es agradable y servicial. Las veces que yo he utilizado esta opción ambos particulares han sido muy simpáticos y "de fiar". La segunda vez, de hecho, hasta nos dejó el coche un día más y sin coste adicional.

5. Menos sorpresas desagradables
Las compañías de alquiler de coches juegan mucho con la letra pequeña, y si no estás atento te puedes llevar un disgusto económico. Los particulares, al ser un trato más cercano y menos dirigido a hacer negocio, no suelen ir a buscar las cosquillas. No serán tan pesados con controlar el estado del coche a su devolución (esto es, no lo van a controlar más que cuando te lo prestaron, sino igual) ni con el depósito de gasolina, siempre y cuando esté más o menos a la misma altura.


He de decir que mi experiencia en alquiler de coches en España es casi inexistente, pero tras algunas experiencias francesas os lo recomiendo como alternativa. Ambos propietarios fueron la mar de simpáticos y nos facilitaron mucho la tarea (al devolver el coche, uno de ellos nos llevó hasta casa y todo). No nos pusieron trabas cuando lo entregamos un poco más tarde de lo establecido (o incluso nos lo dejaron un día más) ni cuando vieron que habíamos superado el límite de kilómetros contratado (claro que recompensamos llenándole el depósito más de lo establecido).

Algunas de las páginas web para alquilar de particular a particular son: MovoMovo y SocialCar en España; o Drivy y OuiCar en Francia. Tal vez es porque yo he tenido una muy buena experiencia, pero sin duda lo recomiendo.

7 de noviembre de 2014

Homburgo (que no Hamburgo)

Berlín, Múnich, Colonia, Frankfurt, Dusseldorf, Stuttgart, Leipzing, Hamburgo... Hay muchas ciudades importantes y famosas en Alemania que suelen ser las primeras visitadas si te dejas caer por estas tierras. Yo, sin embargo, empecé por Homburgo (que no Hamburgo). ¿Qué se me había perdido a mí por aquellos lares? Nada, la verdad; pero como ocurrió con Martinica, si un amigo te propone ir porque es su ciudad natal, pues allí que te vas. ¡Nunca hay que negarse a un viaje!

Esta vez el destino suena menos exótico, claro. Encima cada que vez que dices que vas a visitar Homburgo todo el mundo entiende que vas a Hamburgo. Que noooo, ¡pesaos! Homburg es una pequeña ciudad al ladito de Francia, que forma parte del estado de Sarre, uno de los más pequeños de todo el país. ¡Olé, olé! Resulta que Homburgo tenía muchas riquezas en carbón, y pasaron varios años que si ahora somos de Francia que si ahora de Alemania: ahora somos franceses, ahora alemanes, ¡que no, franceses! ¡alemanes! El resultado es que tal vez consigas hacerte entender en francés sin necesidad de hablar una palabra de alemán (¡uf!).

Seguro que estáis pensando que soy una pringadilla y que quién me engañó para irme a ese rincón desconocido y perdido... Pues ¿a que no sabíais que...?


Plaza del mercado e iglesia St. Michael
Foto vista aquí
Homburgo tiene un castillo en las alturas y rodeado por el bosque (castillo de Karlsberg), desde donde se puede ver toda la ciudad. Vale que hoy el castillo está un tanto en ruinas tras su destrucción por las tropas francesas, pero esto le añade aún más encanto.

Homburgo es una ciudad integrada en el bosque. De un barrio a otro a veces hay atajos yendo por plena naturaleza. ¡Já! Tiene muchos parques y parajes naturales, perfectos para hacer deporte, pasearse, respirar aire fresco, abrazar árboles (cosas de alemanes...) y escuchar a los pajarillos cantando. Además tiene un lago en los alrededores y cuando hace buen tiempo se organizan innumerables barbacoas y fiestas.

Homburgo tiene un centro ciudad pequeñito (como el resto de la ciudad, claro) pero muy mono, con una plaza del mercado coronada por la iglesia St. Michael.

Cuando se acerca Diciembre, levantan un mercadillo de Navidad. Vale, ahí me habéis pillado... seguro que todas las ciudades alemanas tienen un mercadillo de Navidad... Pero el de Homburgo seguro que es de los más pequeñitos, ¡ala!

Tanto me integré que no se diría
que no soy alemana
Foto vista aquí
Además, y como buena ciudad alemana, Homburgo ¡tiene una fiesta Oktoberfest! Solo que se llama Bockbierfest y se celebra a principios de noviembre. Antes de ir me previnieron de que la cerveza era muy fuerte y no muy buena, pero todo pamplinas. A mí me encantó (claro que casi acababa de llegar de Bélgica, donde me bebí hasta el agua de los charcos): jarras grandes, gente maja, grupos folclóricos tocando música tradicional... Me hice un papelito con las letras de la canción principal y pasé completamente desapercibida ;-)

Por supuesto, esta Bockbierfest se celebra con la cerveza propia de la ciudad. Eh, ¿qué os pensábais? Homburgo tiene su propia brasería, de la que sale la cerveza Karlsberg (que no Carlsberg).

Pero sobre todo, Homburgo tiene gente la mar de maja y acogedora que harán todo lo posible por hacer que te sientas como en casa aunque no entiendas ni papa de alemán. Y, al fin y al cabo, ¿no es eso lo que cuenta?


*
Dejando a un lado lo buena que pudiera ser mi primera experiencia en Alemania, no dudes en pasarte por Homburgo si estás por la zona. Subir al castillo, tomar una Karslberg (o emborracharte a muerte si vienes para la Bockbierfest), pasear por el bosque, respirar aire fresco, disfrutar del paisaje...

Homburgo es la prueba de que hasta los rincones menos populares en las guías tienen algo que ofrecer ;-)

29 de octubre de 2014

8 cosas que no voy a echar de menos de París

Esta mañana yendo al trabajo en bici, he tenido un altercado / semi-accidente con un coche. No preocuparsen, solo ha sido un pequeño golpe del manillar contra la puerta porque la señora "llevaba mucho rato queriendo salir del coche" y no ha mirado por el retrovisor -o si ha mirado y me ha visto le ha dado igual. El caso es que yo (más bien el manillar) me he comido la puerta del coche y he obtenido como respuesta a mi grito de pánico un "lo siento" sin apenas mirarme y casi enfadado, como si fuera mi culpa. Así se vive en París: alguien te "atropella" y, como tiene prisa, ni siente el hecho de haberte hecho daño...

De esta reveladora experiencia me he dicho que, sin duda alguna, no voy a echar de menos la falta de educación de los habitantes de París (ya comenté por aquí que primero te empujan y después se disculpan). Hay muchas cosas estupendas en esta ciudad, por supuesto, pero después de esta mañana se me han ocurrido 8 que no lo son tanto y que no voy a echar de menos cuando me vaya.

Paris, je t'aime... ou pas
La "educación"
Me da la impresión de que los franceses, y los parisinos, creen que son educados porque utilizan las palabras "disculpe", "por favor" y "gracias" todo el tiempo. Sí, las utilizan todo el tiempo y hablan muy correctamente, pero faltando al respeto con su tono y sus acciones: empujones, insultos, miradas asesinas, cortar la palabra del interlocutor con un "bonne journée" que te duele como una bofetada... La educación es algo muy subjetivo.

Heeeeuuu, maaaiiis, bah, ben, écouuuute, j'sais pas, pffff
¡Utilizad más palabras y menos onomatopeyas! ¡Aaargh! La mayor parte del tiempo no me importa, pero cuando tienes en el metro a un par de amig@s presumiendo de yo qué sé y repitiendo cada dos palabras las expresiones "heeeu, pfff, ben, tu vois? bah, j'sais pas mooiii"... ¡ganas de matar aumentando!

Las compras en fin de semana
Nunca voy de compras durante el fin de semana, pero si por casualidad paso por algún sitio con tiendas... ¡me pongo de los nervios! Tanta gente con bolsas, empujando, haciendo cola, yendo de aquí para allá... No hay apenas sitio para moverse.

Las colas
Foto de deanoworldtravels.wordpress.com
Este punto debería estar más arriba... y es que en París se hace cola para todo. ¿Que hace bueno y quieres ir a tomar un helado a la Isla St Louis? Muy bien, pero otros 500 parisinos querrán lo mismo y el tiempo que pases en la cola será el triple del que tardes en comerte el helado. ¿Que es el primer domingo de mes y quieres ir al museo (porque es gratis)? Pobre iluso, más te valdría pagar la entrada y no esperar 3h en el frío polar... ¿Que quieres ir a ver una película al cine? Pues no te lo pierdas porque ¡hasta para entrar a la sala se hace cola! Siempre lo he dicho: si numeraran los asientos estas cosas no pasarían... Por supuesto, de las colas típicas ya ni hablamos (Louvre -algún día os revelaré una puerta "secreta" por la que accedes en un plis-, Notre Dame, Torre Eiffel...).

Los "gorilas"
O porteros de bar y discoteca. En algunos lugares serán necesarios, pero aquí son más un filtro que otra cosa: tú no estás bien vestido, fuera; tú no cumples con el perfil de la discoteca, fuera; tú estás disfrazada muy fea, o pagas entrada o fuera (esta última basada en hechos reales y vivida en carnes propias - fue para Halloween, no penséis que voy disfrazada a todas horas, esto no es Inglaterra).

Las connotaciones o nuances del francés
-¿Vas a venir a tomar algo esta tarde?
-En principio sí.
Esto quiere decir que: puede que sí, puede que no; pero si al final no aparezco por allí, no me lo eches en cara porque ya te dije que "en principio". Y de este estilo tenemos un millón de fórmulas imprecisas que quieren decir todo y nada pero que te cubren las espaldas. En Francia no se puede decir eso de "hablando se entiende la gente"...

Las prisas
En París todo el mundo parece llegar tarde siempre, porque sino no me explico cómo puede molestar tanto a alguien quedarse fuera de un metro en el que iría embutido, ni cómo se puede reaccionar con tanta violencia (sobre todo verbal) o bufando como un gato a cualquier individuo inocente que te haga tomar un pequeño desvío en tu ruta (y por pequeño desvío me refiero a moverte 5 cm más a la derecha para no chocarte con alguien que viene de frente). ¿Cuánto tiempo has perdido, eh, eh? ¡Haber salido antes de casa y déjanos vivir tranquilos!

El metro
No solo por el transporte en sí mismo -que también (mal olor, demasiada gente, puertas asesinas al cerrarse, vida subterránea...)- sino por el mal rollo que se respira en el ambiente a veces. Una vez incluso vi a una mujer pegar un bolsazo a un hombre y después utilizar su paraguas como escudo para protegerse del contraataque...


Obélix siempre decía que 'estos romanos están locos', pero ¿seguro que no eran los franceses los locos?
Ils sont fous, ces parisiens !

24 de octubre de 2014

Trucos para no facturar el equipaje de mano (con Ryanair) ni pagar exceso de peso

¿Cuántas veces os ha pasado? Estáis haciendo la cola para embarcar y lleváis vuestra maleta de mano y vuestro bolso o mochililla (porque esto se supone que no cuenta como equipaje de mano), cuando de repente llega una azafata (de Ryanair, Easyjet y compañías por el estilo) y os dice "¡Sólo un bulto por persona! Tienes que meter el bolso en la maleta". Oh oh. ¿Meter el bolso en esa maleta de mano que ya va a tope y has tenido que sentarte encima para cerrarla? Imposible. Pero la otra opción es facturar esa minimaleta por 40€ o 50€ y ¡a eso sí que te niegas en redondo!

Parece ser que en estos últimos tiempos la compañía de Ryanair se ha calmado un poco al respecto y ahora sí dejan llevar una maleta de mano (que no exceda las medidas 55 cm x 40 cm x 20 cm) más un bolso pequeño (35 x 20 x 20 cm). Ya no piden a cada pasajero que meta su mochila o maleta en esos famosos cajones donde la maleta entra a trompicones y se necesita la ayuda de 3 personas para sacarla después... Pero como nunca se sabe y unos truquillos siempre vienen bien, os dejo un poco del conocimiento que adquirí durante mis años mozos viajando y sufriendo con la restricción de medidas, peso y cantidad de equipaje de mano impuesta por Ryanair.

1. Viajar con lo necesario
Primera regla: en las compañías Low Cost son muy pelmazos con el exceso de equipaje, lo sabemos. Pero aún así intentad llevar lo menos posible en la maleta y organizar esta para que quepa la mayor cantidad de ropa posible.

2. Llevar puesto lo que más abulte y pese 
Esto es: el jersey más gordo que os llevéis, las botas (aunque no es muy cómodo viajar con ellas), los vaqueros (pesan más que los pantalones de tela), la sudadera, el abrigo... Todo encima.

3. Viajar en modo cebolla 
Camiseta de manga corta, camiseta de manga larga, chaquetilla, jersey, sudadera, abrigo, bufanda, calcetines, botas. Cuanto más llevéis puesto... ¡más espacio en la maleta!
Michelin, el primer pasajero que adoptó
el método cebolla para viajar con Ryanair
4. Dejar espacio en la maleta
Esto es fácil decirlo pero no siempre es posible hacerlo. Siempre nos parece que "el bolso ya cabrá" y al llegar a la puerta de embarque... ¡sorpresa! No entra. Ya lo dicen las madres: más vale prevenir.

5. Utilizar el abrigo para tapar el bolso adicional
Si no me habéis hecho caso en el punto 4 y lleváis la maleta de mano y el bolso, y os dicen que nanay, que solo un bulto, sabed que hay varias soluciones. La primera es que, si lleváis un abrigo o chaqueta, os lo echéis al brazo con el que sujetáis el bolso de manera que este lo cubra. Parece mentira, pero os juro que a mí me funcionó todas las veces que lo hice con Ryanair. Tan solo hay que disimular para que no se note que hacéis un esfuerzo físico excesivo sujetando un "simple" abrigo.

6. "Ponerse" la maleta
La otra opción es, claro está, hacer hueco en la maleta de mano para que quepa el bolso. El problema es que la mayoría de las veces tanto la maleta como el bolso están a tope. Hay que adoptar medidas desesperadas (y no aptas para vergonzosos): ponerse más ropa encima. Sí, ya sé que habréis adoptado mi punto número 3, vais en modo cebolla y pesáis 4 kilos más que de costumbre... Pero siempre, siempre, podemos ponernos más ropa. ¿Cómo? Los vaqueros que pesan y ocupan en la maleta: utilizad las perneras para atároslos a la cintura (como si fueran un jersey); lo mismo con los jerseys: atados a la cintura; si lleváis pañuelos y bufandas: todos al cuello; ¿que viajáis con una plancha de pelo o secador que pesa y ocupa? ¡al bolsillo!; la cartera (la mía en particular es muy grande y pesada): en la mano o bolsillo; el libro que os pareció una buena idea llevar y es muy gordo: en la mano; la cámara de fotos: colgada al cuello, en un bolsillo o agarrada por el cinturón... Seguro que así hacéis hueco suficiente como para meter ese bolso de más. Eso sí, intentad cubriros lo máximo posible con el abrigo para que no se note vuestra extravagancia (no vaya a ser que no os dejen pasar, no por raros, sino por ir de listillos).

7. Llevar riñonera
Ocupa menos que un bolso y, aunque no caben tantas cosas, es más fácil cubrirla con la ropa que se lleva encima. Puede veniros muy bien para no tener las manos llenas con la documentación, la cartera...

¿Quién no conoce las temidas cajas de Ryanair?
Foto de http://www.ocholeguas.com/
8. Viajar con una mochila
(En lugar de una maleta de mano). He comprobado que sospechan menos de ti si llevas una mochila en vez de una maleta. Deben pensar que entran menos cosas o que son más pequeñas (lo cual no es necesariamente cierto), así que pasan un poco más de ti y no te acosan tanto como a otros para que metas la mochila en la "jaula de las medidas". Además, una mochila es más blanda por lo que será más fácil redistribuir el contenido y embutirla en la jaula en caso de que te lo pidan. Eso sí, cuidadín con la caja de cartón (no la de hierro) porque ésta da más problemas cuando llevas mochila: la caja debe entrar y salir perfectamente y sin deformarse... pero en la mochila, al ser más blanda, el peso se va abajo haciendo un bulto efecto barriga, lo cual facilita que la caja de cartón se deforme.

9. Meter la maleta en la jaula con las ruedas hacia arriba
Entra mejor, no corréis el riesgo de que éstas se rompan y las azafatas no tendrán duda de que cumple las medidas. Aunque seguramente necesitaréis ayuda para sacarla...


Aprovecho para recordaros que el límite de peso para el equipaje de mano es de 10kg (con Ryanair). También es cierto que rara vez pesan las maletas de mano, por lo que en este aspecto se tiene un poco más de libertad. Pero no os confiéis porque sí lo hacen en algunos aeropuertos, como en el de Charleroi, Bélgica (el único donde me la han pesado hasta la fecha).


Con estos trucos ya estáis preparados para burlar las restricciones viajar con Ryanair. Es posible que paséis algo de calor si vais como cebollines, pero en el avión podréis despojaros de todas vuestras capas... ¡sin haber pagado una facturación adicional!

Y vosotros, ¿tenéis algún otro truco?

(Puede que algunas consignas parezcan una locura, pero todo lo relatado está basado en hechos reales y se ha probado su eficacia en diferentes ocasiones.)

21 de octubre de 2014

Guía para el futuro parisino: aprovechar el sol

En esta segunda entrega de mi guía para el futuro parisino he querido centrarme en un aspecto primordial que se debe conocer cuando llevas un tiempo viviendo en París: ¿dónde puedo ir para aprovechar los días o momentos de sol? Puede que no veáis la utilidad a este apartado si nunca habéis vivido en un país cuyos días soleados se cuentan con los dedos de una mano (qué exagerada...). Pero si, como yo, os habéis vuelto météo-dependientes (¿eso qué es lo que es?) seguro que esta guía os será de mucha utilidad.

- Empezamos con los tópicos típicos clásicos: con vistas a la torre Eiffel. Todo el mundo conoce la respuesta, ¿no? Los Campos de Marte ofrecen las mejores y más cercanas vistas a la Dama de Hierro y es un "imperdible" los primeros meses de vida parisina, pero una vez pasada la fase "alucino, ¡vivo en París y hago botellón frente a la torre Eiffel!", se suelen preferir otros rincones más tranquilos. Entre mis preferidos están la terraza del Palais de Tokyo, donde además de las vistas al Sena y a la torre podéis aprovechar para visitar el museo; o mi imperdible number one, cuyo mirador es uno de los lugares más románticos de París: el parque de Belleville, tan tranquilo como pequeño y situado en un barrio poco turístico pero de los más interesantes (y, en mi opinión, bohemios) de París.
Los quais al principio de la Isla de
la Cité tienen vistas fabulosas a la
Torre Eiffel y el Pont des Arts

- A orillas del Sena: cuando hace sol y buen tiempo, a los parisinos les gusta reunirse a orillas del Sena para hacer picnics y apéros. La oferta de lugares es tan larga como el río mismo, pero los más populares suelen ser Les Bergers de Seine (que están recién sacaditos del horno, pues fueron abiertos al público el verano de 2012, si no me equivoco, y que abarcan desde el Pont de l'Alma hasta el Museo de Orsay), los quais de la Isla de la Cité, al principio de esta o en sus laterales, los de la Isla Saint Louis, o el quai Saint-Bernard, que va desde Notre-Dame hasta pasado el Instituto del Mundo Árabe (frente al cual se pueden bailar salsa, rock, tango y hasta danzas bretonas en verano).

- En el centro de la ciudad: aquí tenemos una amplia gama de destinos, favoritos de turistas y parisinos. Los más conocidos son: el Jardín de Luxemburgo, que cuenta con las típicas sillas verdes (que pesan un quintal) por las que los parisinos "se pelean" y en las que se acomodan para leer o charlar, está decorado con estatuas neoclásicas, es sede del Senado, tiene un amplio césped para tumbarse, acoge a viejitos jugando al ajedrez y esconde una fuente la mar de romántica.
Fuente Médicis, Jardin de Luxembourg


Jardin del Palais Royal
Con un estilo parecido tenemos el Jardín de las Tullerías (Jardin de Tuileries), lugar que antes ocupaban fábricas de tejas y que hoy se ha convertido en un parque muy frecuentado por estar frente al museo del Louvre y tener vistas a la plaza de la Concordia y los Campos Elíseos; además alberga el museo de la Orangerie y queda a dos pasos del museo de Orsay. Si estáis paseando cerca de Notre-Dame, podéis también aprovechar el sol y reposaros en la plaza detrás de la catedral (en primavera es especialment bonita, con los árboles en flor) con unas magníficas vistas de esta. Pero si preferís algo más tranquilo donde los carteristas sean menos abundantes, os recomiendo el jardín del Palais Royal: parece mentira, pero justo al lado del Louvre y detrás del Palais Royal y la Comédie Française hay un jardín la mar de mono en el que se puede estar tranquilo y apenas oír los coches. Yo llamo a este tipo de jardines o plazas "oasis urbanos", si me hacéis caso y los visitáis descubriréis por qué.

En Montmartre. Otro clásico que nadie debería perderse son las escaleras y el jardín a los pies de la Basílica del Sacré Coeur, con una de las mejores vistas de toda la ciudad y que es lugar de reunión para turistas cansados, vendedores de bebidas frías, artistas y músicos callejeros y hasta un futbolista equilibrista. Pero si tenéis miedo de perder vuestra cartera, os aconsejo "mi lugar secreto" y más favorito: rodead la basílica hasta llegar a un pequeño jardín en la rue de la Bonne. Chissst, que no se corra la voz ;-)
Vistas desde la plaza "secreta"
Con glamour: habéis terminado de gastar vuestros ahorros en el último bolso Vuitton comprado en los Campos Elíseos y estáis exhaustos de caminar los 2 km de dicha avenida... ¿Qué mejor que tumbarse a la bartola en el césped frente a los Inválidos? Pasad el puente de Alexandre III, uno de los más bonitos de la ciudad, y disfrutad del sol con vistas al Grand y Petit Palais. Si no estáis lejos del Arco del Triunfo, también podéis pasaros por el parque Monceau, en pleno barrio rico. Pero si el césped no es lo suficientemente chic para vosotros, siempre podéis descansar de vuestras compras en la terraza del Petit Palais: ¡venga! si tenéis dinero para un bolso Vuitton o un brazalete Cartier, sin duda podréis permitiros el precio de un café (además la entrada es gratis si tenéis menos de 25 años y sois europeos).

Place des Vosges
- En oasis urbanos (¡cuidado! aquí  os revelo algunos de los mejores lugares de París, ¡tratadlos con el cariño que merecen!): tenemos dos magníficos al lado de la plaza de la Bastilla. Sí, con lo ajetreada y ruidosa que es siempre, no ha podido ganar la batalla contra la Place des Voges, donde la calma reina ajena al emplazamiento que ocupa. Además de relajaros como un verdadero parisino, escuchando a los músicos callejeros que tocan bajo las arcadas de la plaza, podéis aprovechar para visitar la antigua casa de Víctor Hugo, que vivió en uno de los apartamentos que rodean la plaza. La Coulée Verte comienza en la Bastilla, pero tal vez os haya pasado desapercibida porque está en las alturas: ocupa la antigua red ferroviaria de TGV y va desde Bastilla hasta el Bois de Vincennes. También se encuentran sobre las antiguas vías de tren que rodean el 18e arrondisement los jardines compartidos, caminos y terrazas de la petite ceinture: igual que la Coulée Verte pueden pasar inadvertidos porque, esta vez, hay que mirar hacia abajo para darse cuenta.

- Rodeado de agua. Es posible tomar el sol cerca del agua sin tener que ir a orillas del Sena (ya estáis hasta la coronilla de clichés). De hecho, muchos parisinos prefieren acomodarse a los lados del Canal Saint-Martin (que, por cierto, es donde Amélie Poulin tiraba piedras... para que luego digáis que no os llevo a sitios famosos) o del Canal del Ourq, donde además se puede jugar a la petanca (en Francia no es deporte de viejos), hacer equilibrios en una cuerda entre dos árboles o tomar algo en un bar súper mega guay del que hablaré otro día. Por cierto, en el parque de la Villette también hay mucha agua (y césped), así matáis dos pájaros de un tiro.
Parque de la Villette y Canal del Ourq
- Entre tumbas: vale que en los cementerios no hay mucho sitio para tumbarse a tomar el sol (excepto si llegáis allí tumbados...) pero son tan verdes y bonitos que merecen una visita bajo el sol. Además podéis aprovechar el viaje para rendir homenaje a las grandes personalidades que se encuentran en el cementerio de Montmartre o en el de Père Lachaisse.

- En un parque normal y corriente, que también los hay. Si ya habéis hecho el recorrido de ensueño de todo recién llegado a París, sabed que sigue habiendo muchísimos parques menos turísticos. Entre los más populares tenemos: el parque de la Villette (que incluso tiene cine al aire libre durante el verano) y donde también está, por cierto, la ciudad de las ciencias; el parque de Bercy, muy largo y agradable, con fuentes, puentes y diferentes estilos de jardinería... es de mis preferidos, pero os aconsejo evitarlo en primavera si sufrís de alergia (hay muchísimas flores...); el Jardin des Plantes, donde también se encuentra el museo de historia natural, que queda a dos pasos de la mezquita (en cuya terraza se puede disfrutar de un delicioso té); o mi preferido, el parque de Buttes Chaumont, que lo tiene todo: vistas al Sacré-Coeur, una cascada, colinas, césped en abundancia y buen ambiente.

- En un bosque (al que se pueda llegar en metro). París tiene dos "bosques urbanos": el Bois de Boulogne (conocido porque en la antigüedad -y un poco en la actualidad- había bastante prostitución...), que tiene un gran lago y una enorme extensión para pasear y "picniquear"; y el Bois de Vincennes, que yo prefiero al anterior porque cuenta con un precioso parque floral donde se organizan conciertos de música clásica gratuitos (en septiembre), un jardín de "olores" (con una grand diversidad de plantas aromáticas), un lago enorme (Lac Dausmenil), un castillo (de Vincennes) y no se oyen tantos coches como en Boulogne.
Bois de Vincennes
- "Lejos" de la capital. Imaginad que hoy es un día de esos en los que brilla el sol, queréis hacer un picnic, disfrutar de un poco de naturaleza... ¡y no oír el ruido de los coches! "¿Dónde puedo ir?" os preguntáis desesperados. ¿A un oasis urbano? Ahí no se hacen picnics... ¿A un bosque urbano? Ahí se oyen coches... No os preocupéis, hay una salida y ¡se llama RER! Con él podéis ir a casi cualquier parte. Si optáis por ir hacia el sur, podéis pasar un día tranquilo en el Parc de Sceaux: es gigante, tiene una fuente, un lago enorme, un recorrido del deporte, un recinto con animales (cabras, ovejas...) y grandes explanadas para tumbarse a tomar el sol o jugar a voleibol. Si preferís el norte y no os dejáis engañar por la mala fama de Saint Denis, podréis disfrutar del fabuloso parque de la Isla Saint-Denis, que cuenta con un recorrido tan agradable que inspiró a varios pintores impresionistas, juegos para los niños y muchos kilómetros para pasearse. Otra opción al norte es el parque de Bobigny, al que podéis llegar siguiendo el agradable paseo junto al Canal del Ourq, o incluso en barco (solo en verano). Otra opción un poco más lejos es una excursión a Enghien-les-Bains, en cuyo inmenso lago se puede alquilar una barquita o simplemente sentarse en el embarcadero a disfrutar del solecito.

 
Parc de Sceaux

Con estos lugares estáis más que preparados para afrontar el sentimiento de "madre mía, madre mía, ¡hace sol! ¡Rápido, tengo que salir a aprovecharlo! ¿¡Dónde voy!?" que tal vez desarrolléis después de un tiempo de vida parisina. Ahora que sabéis por dónde empezar iréis descubriendo que hay muchos sitios ocultos en París y otros tantos un poco más alejados del bullicio... ¡A broncearse se ha dicho!

PS: Os preguntaréis por qué un post así en pleno otoño... Pues bien, tenía pensado publicarlo este verano, que ha sido inexistente, y me pareció hurgar más en la herida ya que no ha habido sol ni calor que aprovechar. Pero este mismo fin de semana disfrutamos de dos días enteros a 24°, durmiendo en parques y pensando "dios mío, hace sol, ¡tengo que aprovechar!". Este post ha sido escrito con la esperanza de tener más de esos antes de 2015...

17 de octubre de 2014

El Cagaducha

Cada viaje supone un nuevo descubrimiento y cuando eres joven y no has viajado tanto (porque tus años de vida no te lo han permitido), cada descubrimiento es aún más grande. Lo más básico te parece de lo más extravagante, y lo más extravagante te parece... bueno, te parece que no hay palabras para describirlo. Por ello hacen falta nuevos términos que designen todos aquellos elementos que nos resultaban desconocidos hasta que un nuevo lugar los puso frente a nuestras narices.
Es el caso del cagaducha.

La palabra no deja mucho lugar a dudas, pero por si acaso no llegáis a visualizar qué o cómo podría ser un cagaducha, yo os lo explico: es un lugar donde puedes hacer tus necesidades y ducharte al mismo tiempo. Mis amigas y yo descubrimos el cagaducha en la primavera de 2006, durante el viaje de estudios de Bachiller. Habíamos decidido un trayecto la mar de chulo: aterrizábamos en Italia y a partir de ahí hacíamos un recorrido por toda Austria. No está mal, ¿eh? El plan pintaba bien: primera noche en un hotel 3 estrellas para al día siguiente comenzar por Venecia. ¡Qué de glamour!

[Inciso >> Hoy sé que los hoteles y sus estrellas no tienen la misma relación cantidad-calidad en España y en el resto de Europa. Esto es, un hotel 3 estrellas en España es a menudo la monda lironda (sobre todo cuando eres joven y tus expectativas son bajas), mientras que uno de 4 estrellas en Inglaterra puede apestar a coliflor y tener el suelo cubierto por una moqueta con manchas sospechosas. Por aquel entonces para mí 3 estrellas me recordaban a los hoteles a los que a veces fui con mis padres. Pues bien, en Italia nos pasó que ese hotelazo que la guía turística tan bien nos vendió no parecía tener más de 1 o 2 estrellitas. Lo cierto es que nos daba igual (creo, porque fue hace mucho tiempo y no todos los detalles están frescos en mi memoria) y hasta resultó que este hotel fue el origen de interminables risas. <<Fin del inciso]

Vuelvo a la historia: llegamos a Italia, viajecito hasta el hotel, repartición de camas ("yo quiero arriba", "no te muevas mucho que son literas", etc.) y... primera visita al baño. Acto seguido carcajadas y un "¡venid, venid a ver esto!". Allí nos esperaba, tachán tacháaaaan... ¡el CAGADUCHA! Aquel cuarto de baño era tan pequeño que no había espacio suficiente para que el lavabo, la ducha y la taza del váter estuvieran separadas. Qué de risas y qué de poca intimidad. En el cuarto de baño el lavabo quedaba separado de nuestro cagaducha (que casi hasta nos dio pena abandonar a los dos días) por la cortina de la ducha. Así es que a un lado de la cortina teníamos el lavabo y el espejo, y al otro la taza de váter y la ducha. Estos últimos estaban uno enfrente del otro, por lo que el agua de la ducha caía directamente sobre la taza. Hicimos algunas fotos, pero en ninguna se aprecia tal obra maestra, aunque este chico os lo enseña aquí.

Puede parecer cutre, pero pensándolo bien es un gran invento. ¿Lo hicieron por simples cuestiones de falta de espacio? ¿Fue una técnica para ahorrar papel higiénico? (no se necesita si puedes enjabonarte nada más terminar tus cosillas...) Todavía no lo hemos descubierto, pero lo cierto es que esta creación no ha pasado desapercibida y ya se aprecia en muchos sitios de Europa: en París viví dos años con un cuarto de baño que, si bien no era un cagaducha al 100%, se acercaba bastante; y este verano fue gracias a un cagaducha que pude deshacerme del cansancio (y el sudor) de un largo viaje.
Reíos, reíos, pero yo pienso instalar uno en mi casa, ¡no hay nada más práctico que limpiar todo un cuarto de baño con el mango de la ducha!
Y si no puedo tener un cagaducha, ¡optaré por esta taza!

25 de septiembre de 2014

Integrarse en Bélgica

Si alguna vez visitáis Bélgica y comenzáis a ver gente joven vestida con túnicas feas y sucias, o llevando gorras tan extrañas como horrendas (a menudo con una visera de 20 cm de largo)... No os asustéis, es totalmente "normal". ¿Y por qué digo "normal" y no normal? Es una larga historia...

Manneken-Pis con la toga y la penne de la FPMS
(Facultad Politécnica de Mons)
Hace ya 4 años aterricé en el que sería a partir de entonces el país en el que me siento casi como en casa: Bélgica. Hasta poco antes no sabía nada de Bélgica, excepto que su capital era Bruselas y que el Parlamento europeo estaba allí. Sí, muy mal. Para cuando me fui allí de Erasmus al menos había aprendido que hacen buenas patatas fritas, que son conocidos por sus mejillones (moules) y que el país estaba dividido en dos, lingüísticamente hablando. Llegué allí de rebote: mi idea era aprender a hablar francés en mi último año de carrera; París habría sido mi primera opción, pero había mucha competencia y mis notas no estaban entre las mejores, así que opté por un destino más pequeño y asequible: con pocas plazas y desconocido para que nadie lo solicite y auto obligarme a hablar francés. Y así fue que me planté en Mons, una mini ciudad estudiantil muy mona pero muy desierta (los fines de semana). Aunque mi plan de conocer a pocos españoles se fue al garete (ya comenté que poco importa el destino, siempre hay muchos españoles).

El caso es que yo iba decidida a aprender francés, así que me junté con los españoles pero, sobre todo, me junté con los belgas. Esto fue posible gracias al azar que hizo que me alojara en una residencia llena de ingenier@s belgas y algunos españoles que en seguida me pusieron al tanto de una especie de "prueba" que había que pasar para asistir a muchas fiestas de belgas (información que recabaron de un estudiante belga muy majo que se lo aconsejó con creces). Dicha "prueba" consistía en una integración y se llamaba bleusaille, ni más ni menos. Esta prueba (o bleusaille) no está restringida a los estudiantes nacionales, ni mucho menos, pero es casi desconocida a los extranjeros. O les parece tal locura que ni se les pasa por la cabeza hacerla. Es una prueba de larga duración y, en el principio mismo, me recordaba a las que tienen que pasar los universitarios de EE. UU. para acceder a las fraternidades (sí, eso que tanto se ve en las películas). Digo de larga duración porque había que superar 2 o 3 semanas (depende de la facultad) muy duras, y digo que me recordaba a las fraternidades porque sólo habiendo superado dicho período como bleu (es decir, el estudiante que afronta las pruebas) tienes acceso a un montón de ventajas (no sólo las fiestas, sino también intercambio de apuntes, clubes de radio, cerveza más barata, descuentos en viajes organizados...).

Así que allí estaba yo, resuelta a superar esas 2 semanas fatídicas aunque sin saber muy bien por qué (a lo mejor por la filosofía de "lo que empiezo, lo termino" o tal vez por ganas de ver qué había al otro lado de tanto sufrimiento). Cada facultad de cada ciudad belga tiene sus integraciones y sus normas y sus pruebas, pero coinciden en algunos puntos:
- Durante 2 o 3 semanas los bleus deben esforzarse por aprender los cantos de su facultad
- Deben tratar con respeto a todos los poils y plumes (los estudiantes que ya han sobrevivido a la integración y que llevan al menos un año de universidad), sin importar la facultad, y aprenderse el nombre de aquellos con quienes ya ha tratado. Se dirigirá a ellos siempre diciendo "Bonjour Poil Fulano" o "Bonjour Plume Mengana"
- Irán vestidos/disfrazados de acuerdo a las directrices que reciban el primer día y llevarán colgando un cartel de cartón en el que se indique su nombre, apellido, edad, carrera universitaria, facultad y regional a la que pertenece (esto último puede no existir en todas las facultades)
- Deben vender todo tipo de elementos (bolis, lápices, alfombrillas para el ratón, reglas, chucherías, pegatinas, trapos, llaveros abrebotellas, etc.) que les son administrados por la "fraternidad" y recaudar el máximo dinero posible (cuanto más dinero ganas, mejor te tratarán a la hora de recontar las ganancias)
- Deben soportar todo tipo de humillaciones, peticiones, pruebas y gritos por parte de los poils y plumes

Nuestra fraternidad se dividía en 4 "regionales" y te tocaba en una u otra dependiendo de dónde vinieras, pero esto no quería decir que no pudieras relacionarte con las personas que no estuvieran en tu misma regional. Puesto que nosotros éramos un grupo de españoles y éramos Erasmus (y, por lo tanto, atravesamos fronteras) nos pusieron en la regional Frontalière. Esto quiere decir que, además de los cantos de la facultad y vender todo lo que he dicho antes, había que aprenderse los cantos de nuestra regional y vender sus zarrios también.

Sin embargo, una vez que se nos asignaba la regional, lo primero de todo era ser apadrinado o amadrinado. Tu(s) padrino(s) y/o madrina(s) se encargaría(n) de ayudarte, guiarte, explicarte cómo son las cosas, darte ánimos y motivarte para que llegaras al final de la bleusaille. Todo esto sin desvelar el gran secreto del día del bautismo... (aunque a veces te dan pistas). Para encontrar un padrino y/o madrina, o varios (no hay límite), tienes que subirte a un cajón enorme de madera, con tu cartel de cartón colgado al cuello y gritar cuáles son tus cualidades, decir que estás súper motivado para hacer la bleusaille y por qué. Tienes que venderte, vamos. En este caso el número de padrinos no importa mucho (claro que es mejor tener varios que uno solo) ya que lo que más prestigio te dará será el número de estrellas en su gorra (cuantas más estrellas, más veterano y respetado es). Nosotros conseguimos 5 padrinos (ninguna madrina, lo cual fue duro para mí ya que los otros españoles eran chicos), no porque fuéramos lo que todo estudiante belga quiere, sino porque nos pusieron de oferta. Sí, como lo oís: apadrinar cuesta unos 15€ por bleu a cada padrino, por eso quieren asegurarse de que han hecho una buena compra. Nuestro grupo de Erasmus éramos 5, y nuestros padrinos pagaron 15€ por todos (o sea, unos 3€ por cada uno...). No es necesario decir que ningún belga tenía muchas esperanzas puestas en nosotros (aunque se equivocaron porque ¡terminamos como unos campeones!).

Con el apoyo de tus padrinos/madrinas, tu regional asignada y tu cartel colgando del cuello ¡ya estás listo para empezar el sufrimiento! (quiero decir, ¡la integración!) Las semanas que seguirán tendrás un horario fijo pero compatible con tus clases (de hecho es obligatorio asistir a clase durante la bleusaille). Básicamente consistía en: a primera hora de la mañana (las 6 a.m.) tienes que ir a la radio de la facultad para bailar al ritmo que te pidan, hacer la conga y, a veces, comer crêpes. Después había que ir a clase. Sobre las 12 p.m. tienes que reunirte en la puerta de la facultad politécnica (que es donde yo "me integré") y formar una fila con el resto de tu regional; te dan un bocadillo y te llevan hasta el local que tu regional utiliza como sede, allí dedicas las horas siguientes a aprenderte y practicar los cantos regionales pertinentes. Al finalizar, debes dirigirte a la residencia (siempre en fila y cantando) y a las 15 p.m. comienza otra ronda de cantos (los comunes a toda la facultad). Podrías pensar que a las 17 p.m. ya eres libre pero, en el caso de que no haya ninguna actividad organizada, debes dedicar la tarde a vender todos los artículos inútiles que te han dado y a estudiar los cantos hasta conocerlos de memoria. A veces, sin embargo, había actividades organizadas que podían ser de dos tipos: un suplicio o algo guay (aunque casi siempre eran una mezcla de ambas). Entre las actividades "suplicio" había elección entre: la tarde deportiva (que terminaba siendo algo guay y divertido) o la tarde de "imitaciones" (que también terminaba siendo entretenida). Como actividades "guays" se contaban una salida a la piscina, donde se organizaban juegos de agua; la soirée fillot-parrain (fiesta ahijado y padrino) que era al principio de la bleusaille y se consagraba a pasar una buena tarde acompañado de tus padrinos jugando a juegos de mesa o a meterte en un disfraz de sumo y hacer lucha (inofensiva); el méchoui, que al principio era una actividad suplicio pero resultó ser una divertida barbacoa en el monte; o el concurso roi/reine de bleus (que resumiré diciendo "concurso de beber cerveza). Seguramente olvide algunas más, pero estas eran las principales (claro que también varían en función a la facultad). A excepción de los días en que la actividad ocupaba toda la tarde, el resto de días estaba bien visto que fueras al bar de la residencia (donde se concentraban todos los poils y plumes) a seguir vendiendo, a memorizar sus nombres y a soportar (en mi caso) que te pidieran cantar La Cucaracha hasta las 12 a.m., que era el toque de queda para los bleus.

A lo mejor puede no parecer tan horrible como dije que sería. Es porque no quiero asustar a nadie y porque todavía no he explicado qué pasaba durante el ramassage... El ramassage tenía lugar 2 tardes por semana, sobre las 8 p.m. Era el momento en que los poils y plumes te ponían más a prueba: ¿cuánto has vendido? ¿conoces los cantos? ¿cómo me llamo?... Todo esto acompañado de gritos, lloros, cantos, voces afónicas (de tanto cantar, en el caso de los bleus, o de tanto gritar, en el caso de los poils/plumes). Tenía lugar en una gran sala llena de mesas, en cada una de las cuales había un comité regional o, simplemente, unos enviados especiales que conocían bien los cantos y te hacían pasar el "examen". Si habías vendido bien, si conocías los cantos que te pedían y sabías los nombres de las personas, no tenías problema; te darían más cosas para vender y libre. Pero si no vendías bien, si no sabías los cantos ni los nombres... entonces era lo peor. Como extranjera nunca fueron demasiado crueles conmigo, pero mirando a mi alrededor (cuando podía) veía vasos de cerveza volar por las cabezas de los bleus, amenazas de cortar el pelo a las chicas (nunca eran verdad) o gritos que me hacían sentirme en algún lugar mezcla del servicio militar y un campo de concentración. Lo "normal", vamos.

Todo este suplicio, por supuesto, era voluntario. Había muchísimos bleus que lo dejaban; algunos el primer día, y otros casi al final. Era durante el ramassage o después de este cuando más bleus decidían irse. Yo sé por qué me sometía a ello: aprender el idioma y conocer a belgas para practicarlo, pero también por curiosidad por la cultura y por ganas de formar parte de algo que no existe en absoluto en nuestro país. Esto es, un folclore estudiantil de locos. Una vez pregunté a un amigo por qué lo hizo y, obviamente, sus razones fueron muy diferentes de las mías. En general, los belgas lo hacían un poco por tradición (sus padres lo habían hecho, por ejemplo) e imagino que también por las fiestas que se montaban... Éste en particular me dijo que lo hizo para superar su timidez.
Una cosa que me gustó de la bleusaille, sin embargo, fueron los principios que se "inculcan" a las chicas. Puesto que nuestra integración era en una facultad de ingenieros, había tan pocas chicas como os podáis imaginar. Y es por esto que hacían tanta piña e insistían tanto en conocer a las nuevas bleuses y que las nuevas las conocieran a ellas. Durante la bleusaille nos prohibían maquillarnos o ponernos guapas porque los chicos debían valorarnos por lo que éramos y no por cómo nos vistiéramos o arreglásemos. Por desgracia, cuando todo terminó me di cuenta de que a cada año se veía a las nuevas chicas como una amenaza, como rivales. Claro que no todas eran así, pero me dio pena darme cuenta de que, terminada la bleusaille, ellas mismas no se aplicaban los criterios algo feministas que nos habían exigido.

Tras dos semanas interminables, después de mucho sufrimiento y también muchos momentos divertidos, llegaba la prueba final: el último día, el bautismo. La noche anterior se dedicaba la tarde/noche a hacer una fiesta con bailes, cantos, chistes... en la que todos participaban y nadie sufría. Al final de esta velada, todos los bleus y los poils/plumes togés (los jefes del cotarro) subían al escenario y, con el resto de estudiantes, cantaban conmovidos la canción de la facultad. Recuerdo sentirme muy emocionada aquella noche, por el ambiente que había y porque ¡lo había conseguido! En 24 horas estaría bautizada (aunque no sabía qué quería decir aquello) y completamente "integrada". En el camino ya había hecho varios amigos y tenía muchas ganas de "estar al otro lado" y conocer a más gente. Durante esta fiesta nos felicitaron, nos dijeron que lo habíamos conseguido y que en unas horas todo habría terminado. ¡Ya me sentía como si todo hubiese terminado! Pero también nos previnieron de que el bautismo sería el peor día de todos y que nada de lo que pudiéramos imaginar sería tan malo como la realidad...

El último día tuvimos que disfrazarnos, y empezamos un desfile con el resto de facultades de la ciudad. Durante dicho desfile, que duró varias horas, teníamos que cantar mejor que nunca y más alto que cualquier otra vez. Nos sometían a todo tipo de pruebas asquerosas para las papilas gustativas y terminamos al pie de la colegiata, cantando (cómo no) el canto de la facultad. Después a las chicas se nos llevaron corriendo, mirando al suelo mientras sólo escuchábamos gritos. En momentos así el valor de un apretón cariñoso en la mano era lo único que podíamos decirnos para transmitirnos ánimos; recuerdo tomar la mano de muchas chicas aquella tarde. El día del bautismo las plumes me llevaron aparte y me dijeron: "Hoy será el peor día de tu vida, nada de lo que ha pasado durante estas semanas ha sido tan horrible como lo que te espera. Pero sé fuerte y aguanta, en unos minutos habrá acabado". Yo me reí un poco, nada podía ser peor que aquel desfile, que los ramassages y las pruebas a las que habían sometido a todos los locos que se atrevieron a llegar al final de la bleusaille...
Me equivoqué.
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Hasta aquí puedo leer, o más bien escribir. Juré sobre la penne (esa gorra horrenda) que jamás revelaría el secreto y, ¿de qué sirve conocer una cultura si después se traicionan sus creencias?
No obstante, fue una muy buena decisión y en ningún momento me arrepentí. Ahora, mirándolo con la perspectiva de varios años atrás... me digo que aquello es una locura y que están majaras, pero me alegro de formar parte de ello y de haber tenido la oportunidad de conocer tantas costumbres del país y de vivirlas como si fueran mías propias. Sin duda no me esperaba todo lo que me aportaría una bleusaille (aún más teniendo en cuenta que no sabía lo que era). Si desde un principio me hubieran dicho en qué consistía (y cómo terminaba) jamás se me habría ocurrido meterme en semejante "fraternidad". Da miedo y tal vez a vosotros también os parezca que es peor que la mili. No estáis equivocados pero... para mí fue toda una experiencia y la oportunidad de hacer amistades que aún conservo. Tan sólo hay que comprender que forma parte del folclore estudiantil belga, que, por cierto, lleva más de 175 años de historia... Y es que, ¡no siempre tenemos la oportunidad de adentrarnos en los caminos más desconocidos de la cultura de nuestro país de acogida!
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Para más información, podéis visitar esta página (aunque solo está disponible en francés).

23 de septiembre de 2014

Como un pájaro

Odio todo lo que tenga que ver con despegar los pies del suelo -ya sea por mar o por aire- así que odio volar, aunque por suerte he superado bastante mi miedo a los aviones (porque hubo una época en que entraba en pánico con la mínima turbulencia). Sin embargo, la crisis de los 25 (o lo que sea) y las ganas de vivir una experiencia inolvidable me embarcaron en un viaje de altura.

Como (casi) todos los viajes memorables, surgió de una proposición a la que las amigas nos apuntamos sin darle muchas vueltas. Oye, ¿no os gustaría hacer parapente? ¡Sí! ¡Eso hay que hacerlo al menos una vez en la vida! Así que, tras unas búsquedas en Groupon, concertar una fecha, ponernos de acuerdo en la altura de la que saltaríamos y reservar un albergue la noche anterior al viaje, nos fuimos hacia el Valle del Tena para hacer parapente (que, dicho sea de paso, no teníamos muy claro ni cómo funcionaba).


Haríamos el descenso desde Panticosa a las 9 de la mañana, por lo que dormimos en Biescas (para que el madrugón no fuera tan duro -aunque sí lo fue...). Hasta la noche anterior no fui consciente de lo que iba a hacer (al contrario que mi padre, para el cual estaba loca) y al acostarme comencé a pensar en todo lo que no sabía sobre el parapente: ¿te tiras al vacío desde un precipicio? ¿lleva un motor? ¿tienes que correr? ¿hará daño al aterrizar? y, la peor pregunta de todas: ¿qué pasa si algo sale mal? A la mañana siguiente aquellas dudas y miedos se habían multiplicado y habían adoptado la forma de unos nervios/estrés/ganas de hacer pis/carne de gallina/calores de hiperventilación que fueron acrecentándose conforme nos acercábamos al punto de encuentro. Ay, ay, ay... ¿En qué nos hemos metido? Cuando los monitores llegaron en su 4x4 para subirnos hasta la montaña de la que despegaríamos yo pensaba que nada me podría calmar, así que empezamos a hacer bromas y todo tipo de preguntas (algunas estúpidas y otras muy pertinentes, que conste) conforme subíamos. Unos 40 minutos después llenos de baches y aplastamiento en el coche, disfrutando de las vistas, solo podía pensar "Si el paisaje es bonito desde el coche, va a ser una pasada desde el cielo". Y los nervios se me quedaron en el camino.

Feliciana al poco de despegar
Hasta que llegamos. Bajaron las velas o alas (o como se llame) y empezaron a desplegarlas en una pendiente (por suerte no demasiado pronunciada) mientras nos explicaban cómo iba a ser el despegue. Tenéis que correr todo lo que podáis colina abajo, y alzaremos el vuelo muy suavemente. ¿¡Correr lo más deprisa que podamos!? ¿¡Y si resbalo por la hierba mojada y me caigo!? Entonces yo te ayudaré a levantarte rápido (respuesta que no me tranquilizó tanto como el monitor esperaba). Nos ponen los arneses, un casco (que yo pienso, ¿para qué? si te la pegas el casco no hace nada y si no te la pegas pareces un paleto en las fotos), una mochila y te atan a la vela. Ya no hay vuelta atrás. Mira, tienes que correr lo más rápido posible hasta esa piedra, y si al llegar te digo "¡corre!" tú sigue corriendo, pero si te digo "¡para!" tienes que frenar en seco porque habré visto algo que no me guste en el ala. Vale (¿vale? Ay madre mía, ¿y si me caigo antes de llegar a la piedra? ¿y si al llegar a la piedra me dice "para" y yo no puedo parar o me resbalo y el viento nos eleva y salimos volando con un problema en el ala?)... "¡Corre!".

Y eché a correr colina abajo, sin resbalarme, sin caerme y sin pensar en la piedra. En seguida los pies se me levantaron del suelo y solo pude coger aire de la impresión (que estaba más en mi cabeza que en la realidad). No me esperaba que fuera a ser un despegue tan suave, aunque todos los pensamientos mal rolleros regresaron cuando me di cuenta de dónde estaba y colgada de qué. Por suerte el monitor me dio conversación en seguida y pude disfrutar de un paseo súper tranquilo, sentada por los aires, disfrutando de las vistas, sintiendo el frescor del Pirineo en la cara con un viento a 6845 kilómetros por hora. He de reconocer que como deporte de riesgo da tanto miedo como montar en pony. Hasta me sentía una abuelilla sentada cómodamente y avanzando despacito por el aire mientras sobrevolaba un Milano (para los que no lo sepan, como era mi caso, es un ave rapaz) y veía patos a lo lejos, en el pantano. Es impresionante sentirte como un pájaro, sin nada que se interponga entre la tierra y tú mismo. Claro, el vuelo así se hace incluso un pelín aburrido, así que me dieron algunas vueltas, cambios bruscos de dirección y aceleramientos... ¡Me río yo ahora de las montañas rusas!

Haciendo unos giros no muy fuertes... (para el monitor)

Sobrevolamos un pantano, un valle, un ave rapaz, un pueblo y aterrizamos tan suave que apenas me di cuenta de que estaba ya en tierra. Supongo que el aterrizaje depende de dónde estés, en mi caso fue sobre un campo de fútbol así que solo tuve que levantar las piernas y dejarme deslizar con el culo (que va protegido por una mochila casi tan larga como yo) un par de metros. Y después el ala del parapente cae delante de ti suavemente, te levantas y no tienes palabras para explicar la experiencia. Te dices que ha sido muy corto (yo pasé en el aire unos 15 minutos, pero me parecieron menos de 10), muy suave, muy emocionante (sobre todo con los giros), muy fácil, muy seguro y muy bonito.

Es una experiencia que sin duda repetiría y, aunque sé que no da miedo, ni vértigo, ni se grita, ni se sufre, seguro que volvería con nervios, pensando en la ladera que hay que correr, si me voy a caer, si las cuerdas tendrán un problema. Es gracioso pensar que la parte donde más adrenalina se siente (al menos según mi experiencia) es cuando todavía estás con los pies en el suelo. Sólo vuelas durante unos minutos, que se hacen muy cortos, así que no merece la pena pensar en que algo podría ir mal. ¿Cuántas veces puedes volar sintiéndote como un pájaro, disfrutando tranquilamente del paisaje? No merece la pena malgastar ni un segundo con miedo, el paisaje es demasiado bonito para eso. Se lo recomiendo a todo el mundo.

Sanas, salvas y felicianas después de aterrizar


Si estáis en este tema tan pez como yo, aquí van algunas aclaraciones en lo que respecta al parapente:

- No te tiras por un precipicio al vacío: corres por una colina y remontas vuelo poco a poco
- No da vértigo ni miedo. Lo único que da mal rollito es pensar que estás colgando de un trozo de tela a cientos de metros de altura. Lo mejor es obviar este hecho y disfrutar de las vistas.
- Todas las vueltas, cambios bruscos de dirección y emociones "fuertes" se hacen bajo tu consentimiento. Antes te preguntan y, si lo que quieres es disfrutar de un viaje tranquilo, basta con decirlo.
- Lo he descrito como un paseo de abuelos, porque al ser el primer vuelo nos lo hicieron muy tranquilo. Pero claro, ellos se adaptan al gusto del consumidor, si quieres marcha... bajas rapidísimo con tanto giro y con esa impresión de tener el estómago al revés. Pero si no, es muy agradable y relajante.
- Al parecer hay muchas "federaciones" que no son legales, así que antes de ir aseguraos de que están inscritas en donde corresponda, certificando que todo está en regla.
- Ellos suelen aconsejarte qué ropa llevar, pero por lo general se necesita: ropa abrigada, botas de trekking o deportivas, gafas de sol (nosotras no las echamos de menos, por ejemplo) y guantes.
- Se puede utilizar una cámara de fotos propia y, si no, los monitores suelen ofrecerte la oportunidad de contratar fotos que hacen con sus cámaras Go Pro. Claro que si tienes una, eso que te ahorras.
- El parapente, como la mayoría de deportes de este tipo, es bastante caro... (digamos que tirarse desde 1000 metros cuesta alrededor de 90€). Por eso es interesante buscar en Groupon ofertas que lo hagan un poco más asequible si no sois unos ricachones.
- Si estáis pensando en practicar un deporte de riesgo pero no queréis empezar demasiado fuerte, ¡el parapente es la respuesta!

Y dicho  esto solo me queda desearos...

 

                       


¡Buen vuelo!

4 de septiembre de 2014

Los mejores (y más baratos) sitios para comer en París

París, la cocina francesa, baguette por aquí, crêpe por allá... Oh là là, todo refinamiento y elegancia. Y de repente, ¡cataplún!, nos damos de narices con el precio. Demasiado bueno para ser barato. Y es que la comida francesa es excelente, pero todo tiene un precio. Pero si vosotros, como yo, disfrutáis de una buena comida (y a ser posible contundente); si, como yo, preferís no gastaros los ahorros o el sueldo del mes en un restaurante; o si, como yo, a menudo viajáis con un presupuesto ajustado y no os podéis permitir La Tour d'Argent... aquí os dejo mi lista de los mejores sitios (y más baratos) para comer en París cuando se viaja con un presupuesto ajustado:


Au P'tit Grec

Comenzamos por un clásico de los habitantes parisinos. Seamos sinceros: habéis venido a París y una cosa está clara: ¡no podéis iros de aquí sin haber comido una crêpe! Las hay por todas partes de la ciudad, dulces, saladas, caras, menos caras... (Casi) todas estarán deliciosas, pero ninguna lo estará tanto ni os saciará como las que cocinan en este pequeño restaurante de la Rue Mouffetard. Si os dejáis caer por aquí, es posible que tengáis que esperar un poco, pues las colas que se forman a veces llegan a la otra acera, pero merecerá la pena (y es que su reputación lo precede, son las mejores crêpes de París). Además de una excelente calidad y un tamaño más que aceptable por el precio que se pide (alrededor de los 5€ o 6€), el servicio es muy agradable y la localización es perfecta: situado en una calle muy frecuentada y animada, con bares a buen precio y ambiente agradable; y a menos de 5 minutos andando del Panteón y de la mezquita. Lo único malo es que no tiene WC.

Tribal Café

Pocos conocen la existencia de este bar, donde se puede comer un buen plato de cuscús o de mejillones con patatas fritas por el precio de una cerveza. Sí, sí, como lo oís. Los miércoles y jueves sirven acompañando a la bebida un plato de mejillones con patatas fritas (moules frites), y los viernes y sábados un buen plato de cuscús. La pinta solo cuesta 3'5€ (2'85€ durate la happy hour), pero si venís para cenar (sirven los platos gratis a eso de as 21h) venid con una hora de antelación, ya que este bar es desconocido a los turistas, pero siempre está lleno de parisinos que buscan los planes más baratos.

Bouillon Chartier

Al contrario que el anterior, este restaurante es ampliamente conocido tanto por turistas como por locales, lo cual no implica que sus precios sean elevados. Presenta una gran variedad de platos típicos franceses (del tamaño de tapas) a un precio muy asequible. El interior está decorado como un tren antiguo, haciéndonos olvidar la época en la que vivimos. Eso sí, suele estar abarrotado por lo que las colas para entrar son habituales y no es de extrañar que os sienten en la misma mesa que unos desconocidos. Puede parecer una falta de intimidad, pero ¡muchos aprovechan esto para establecer conversación con los vecinos! Por desgracia, debido a sus dimensiones y su gran afluencia, los camareros no se detienen mucho tiempo en cada mesa y, mi teoría es que algunos platos no los cocinan en el momento, sino que los recalientan...


Ama Dao

Este pequeño restaurante está a las afueras de París, por lo que su situación no es la más práctica si solo se viene por unos días y con el tiempo justo para ver los monumentos más importantes. Pero si os perdéis por Levallois o, simplemente, queréis probar uno de los mejores bobuns de París, no dejéis de venir. El servicio es muy agradable, los ingredientes son frescos y el precio es asequible: por 10€ podréis comer un saludable plato vietnamita. Si bien el restaurante es muy pequeñito, sus platos no lo son tanto.

Sahil

Este restaurante indio-paquistaní tiene una decoración horrorosa, pero no os dejéis engañar por las apariencias. Una vez dentro y sentados en las sillas cuyo plástico no ha sido retirado completamente, podréis pedir platos copiosos por 6€, grandes vasos de lassi por 3€ y menús por menos de 10€.

Flam's



Es una cadena (hay 4 o 5 en toda la ciudad) en la que se presenta un plato típico de Alsacia: la flammekueche. Es una especie de pizza rectangular y muy fina. En sus orígenes consistía en una fina capa de pan que se metía al horno para comprobar la temperatura de este. Posteriormente, se añadieron otros ingredientes (cebolla, bacon, nata, champiñones...) y empezó a servirse como plato. En este restaurante se puede elegir el menú (¿una sola o buffet libre?) y los precios son razonables (especialmente si se contrata el buffet libre, pues por menos de 15€ el camarero te trae flammekueches hasta que dices basta). No es tal vez la comida más sana (suelen llevar una base de nata o crema fresca) pero es perfecto para descubrir la gastronomía alsaciana a un precio reducido.

Chez Gladines

He de reconocer que me atrevo a recomendar este popular restaurante vasco a pesar de no haber estado (todavía)... No obstante, todas las opiniones de amigos y conocidos apuntan en la misma dirección: raciones enormes, buen precio y mejor calidad. Cuando abrieron el primer restaurante, tuvo tanto éxito que unos años después se vieron obligados a abrir otros más en la capital gala. Aun así, es frecuente hacer un poco de cola (y es que los restaurantes con raciones abundantes son más bien pocos por estos lares).


Y de postre...

Maison Berthillon

Un helado de la heladería más mítica y reconocida de París: la maison Berthillon. Muchos lo consideran el mejor helado de París y he de decir que ¡están deliciosos! Está situada en pleno centro de la ciudad, en la Isla de St Louis (la cual está repleta de heladerías) y aunque no son los más baratos... merece la pena hacer la cola para después disfrutar de su sabor contemplando Notre Dame desde algún puente cercano. ¡Atención! Si vais durante el verano es posible que estén cerrados por vacaciones...

Y con esto y un bizcocho, os deseo... BON APPÉTIT !